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El Santo del perfume: Selección de la autobiografía de un yogui de Paramahansa Yogananda (vegetariano), Parte 1 de 2

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Hoy nos complace compartir selecciones del Capítulo 5: «Un "Santo de los Perfumes" muestra sus prodigios», del libro: «Autobiografía de un Yogui», de Paramahansa Yogananda (vegetariano).

CAPÍTULO 5 Un «Santo de los Perfumes» muestra sus prodigios

«“Para cada cosa hay una estación, y un tiempo para cada propósito bajo el Cielo”.

No poseía la sabiduría de Salomón para consolarme; cada vez que salía de casa buscaba por todas partes el rostro del gurú que me estaba destinado. Pero mi camino no se cruzó con el suyo hasta que no terminé los estudios secundarios. Pasaron dos años desde que huí con Amar hacia el Himalaya hasta el gran día en que Sri Yukteswar llegó a mi vida. En el ínterin conocí a varios sabios, el “Santo de los Perfumes”, el “Swami de los Tigres”, Nagendra Nath Bhaduri, el Maestro Mahasaya y el famoso científico bengalí Jagadis Chandra Bose.

Mi encuentro con el “Santo de los Perfumes” tuvo dos preámbulos, uno armonioso y otro humorístico. “DIOS es simple. Todo lo demás es complejo. No busques valores absolutos en el mundo relativo de la naturaleza”. Estos tajantes aforismos filosóficos penetraron dulcemente en mi oído mientras me encontraba en un templo de pie ante una imagen de Kali. Al volverme me hallé frente a un hombre cuya vestimenta, o la falta de ella, lo revelaba como a un sadhu errante. “¡Verdaderamente ha penetrado usted en el desconcierto de mis pensamientos!”. Sonreí agradecido. “¡La confusión de aspectos benévolos y terribles de la naturaleza, simbolizados por Kali, ha dejado perplejas a mentes más sabias que la mía!”. “¡Pocos son los que resuelven su misterio! El bien y el mal es el enigma desafiante que la vida sitúa como esfinges ante la inteligencia. Al no intentar resolverlo, la mayoría de los hombres paga su vida como prenda, el mismo castigo hoy que en los días de Tebas. De vez en cuando alguna imponente figura solitaria no se da por vencida. Arranca a la dualidad de maya la verdad indivisible de la unidad”. “Habla usted con convicción, señor”.

“Durante mucho tiempo he ejercitado una honesta introspección, el exquisitamente doloroso acercamiento hacia la sabiduría. El autoestudio, la observación incesante de los propios pensamientos, es una experiencia dura y aplastante. Pulveriza el ego más fuerte. Pero el verdadero autoanálisis opera matemáticamente para formar sabios. El camino de la ‘autoexpresión’, del reconocimiento individual, da como resultado ególatras, seguros de su derecho a sus propias interpretaciones de DIOS y el universo”. “La Verdad se retira humildemente, sin duda, ante tan arrogante originalidad”. Estaba disfrutando de la conversación. “El hombre no puede comprender ninguna verdad eterna hasta que se haya liberado de sus pretensiones. La mente humana, expuesta a un fango de siglos, hierve con la repugnante vida de incontables engaños mundanos. ¡Las luchas de los campos de batalla palidecen hasta la insignificancia cuando el hombre se enfrenta por primera vez a sus enemigos interiores! ¡No son estos enemigos mortales que puedan vencerse con un aterrador despliegue de fuerza! Omnipresentes, incansables, persiguiendo al hombre mientras duerme, equipados sutilmente con armas miasmáticas, estos soldados de las pasiones de la ignorancia buscan darnos muerte a todos. Insensato es el hombre que sepulta sus ideales, abandonándose al destino común. ¿Puede parecer otra cosa que impotente, inerte e ignominioso?

“Respetado Señor, ¿no siente usted compasión por las masas perplejas?”. El sabio guardó silencio un instante, después respondió indirectamente. “Amar a la vez al DIOS invisible, Repositorio de Todas las Virtudes, y al hombre visible, que aparentemente no posee ninguna ¡resulta casi imposible! Pero el ingenio está a la altura del laberinto. La búsqueda interior pronto revela aquello en que todas las mentes humanas se unen, la afinidad inquebrantable del móvil egoísta. En cierto modo, al menos se pone de manifiesto la fraternidad humana. Una horrorizada humildad sigue a este descubrimiento nivelador. Hace madurar la compasión por nuestros semejantes, ciegos a los potenciales curativos del alma que aguardan ser explorados”. “Señor, los santos de todos los tiempos se han compadecido como usted de los sufrimientos del mundo”. “Sólo el hombre superficial es insensible a las desgracias de las vidas ajenas, mientras se ahoga en sus estrechos dolores”. El austero rostro del SADHU se suavizó notablemente.

“Quien practique la autodisección con escalpelo conocerá un desarrollo de la piedad universal. Se le otorgará un alivio en las exigencias ensordecedoras de su ego. El amor de DIOS florecerá en tal terreno. La criatura retornará finalmente a su Creador, si no por otra razón, por preguntar angustiosamente: ‘¿Por qué, Señor, por qué?’. Gracias al vil látigo del dolor, el hombre es conducido por fin ante la Presencia Infinita, cuya belleza debería ser lo único que le atrajera. El sabio y yo nos encontrábamos en el Templo Kalighat de Calcuta, a donde yo había ido para contemplar su afamada magnificencia. Mi compañero ocasional rechazó la recargada solemnidad con un gesto aplastante. “Los ladrillos y la argamasa nos cantan una melodía inaudible; el corazón sólo se abre al humano canto del ser”.

Dimos un paseo al acogedor sol de la entrada, donde multitud de devotos iban de aquí para allá. “Eres joven”. El sabio me contempló pensativo. “La India también es joven. Los antiguos rishis establecieron modelos indelebles de vida espiritual. Sus viejos aforismos son suficientes para el día de hoy y para este país. Sin quedar anticuados, sin ser cándidos ante la astucia del materialismo, los preceptos disciplinarios todavía modelan la India. Durante milenios, ¡más de los que los turbados eruditos quieren calcular!, el escéptico Tiempo ha demostrado la validez de los Vedas. Tómalos como tu herencia.”

Mientras me despedía reverentemente del elocuente sadhu, me reveló una clarividente percepción: “Antes de que te vayas hoy de aquí, una experiencia inusual saldrá a tu encuentro”. Abandoné los recintos del templo y vagué sin rumbo. Al doblar una esquina, me topé con un viejo conocido, uno de esos prolijos individuos cuyo amor por la conversación ignora el tiempo y abraza la eternidad. “Te dejaré libre en un momento si me cuentas todo lo que ha sucedido en los seis años que hace que no nos vemos”. “¡Qué paradoja! Tengo que dejarte ahora mismo”. Pero me tomó de la mano, arrancándome trocitos de información. Era como un lobo hambriento, pensé divertido; cuanto más hablaba yo, con más avidez olfateaba las noticias. Interiormente pedí a la diosa Kali que ideara un elegante medio de escape. Mi acompañante me dejó de repente. Suspiré con alivio y apresuré el paso, temiendo una recaída en la fiebre parlanchina. Oyendo pasos rápidos detrás de mí, aceleré la marcha. No me atrevía a mirar hacia atrás. Pero de un salto, el joven me alcanzó, rodeándome jovialmente el hombro. “Olvidé contarte de Gandha Baba (el Santo de los Perfumes), que honra con su presencia aquella casa”. Señaló una vivienda a pocos metros de distancia. “Vete a conocerle; es interesante. Puede que tengas una experiencia inusual. Adiós”, y se fue de verdad. Me transmitió la misma predicción, con las mismas palabras, que el sadhu en el Templo de Kalighat.

Absolutamente intrigado, entré en la casa y se me hizo pasar a un espacioso salón. Multitud de personas estaban sentadas, a la manera oriental, en una gruesa alfombra de color naranja. Un susurro de reverencia llegó a mis oídos: “Observa a Gandha Baba […]. Puede dar un perfume natural a las flores inodoras o reavivar una flor marchita o conseguir que la piel de una persona desprenda una deliciosa fragancia”.”
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